La muerte no tiene fin

Hemos tenido un mes lleno de muertes. Pero la muerte no cesa, no tiene fin, sólo que cuando se nos repecha un poco, la sentimos mucho más.  Muertes anunciadas. muertes violentas y muertes sorpresivas. Todo es muerte.  En ese toparnos con la muerte, o queda más que pensar en la vida; en la vida de los que se fueron. No queda más que hacer un recuento cronológico de nuestro recuerdo sobre ellos. Porque eso sí, cada uno ve al muerto desde su perspectiva. Cada uno lo tiene guardado en anécdotas particulares.   Entonces es cuando uno se da cuenta de lo diferentes que podemos ser los seres humanos en el trato personal con cada uno de los que suceden en nuestras vidas. Podemos ser distintos con amigos, enemigos, maestros, alumnos, padres, hermanos, etc.   A cada uno de ellos le damos parte de nuestro ser, y esa parte no es exactamente igual. ¿En consiste eso? Es un tanto misterioso, pero de seguro los sicólogos aventurarán una explicación plausible.   Lo cierto es que impactamos en los que nos rodean y con quienes tenemos trato, de muy distintas maneras. Generamos en ellos recuerdos, experiencias, amores o tal vez odios, gratitud, envidia, no sé, todo tipo de sensaciones y sentimientos que tienen que ver con esa cualidad propia que cada uno poseemos.  En mayor o menor medida dejamos huella. Aunque algunos quisiéramos que fuera memorable y bondadosa, no estamos exentos de causar pesar.  
Han muerto en menos de dos semanas, aproximadamente, tres personajes (porque ya lo son) importantes para nuestra cultura: la Dra. Raquel Padilla (Etnoantropóloga y defensora de los derechos humanos), la Mtra. Martha Bracho (fundadora de la Academia de Danza de la Unison y de algún modo, la base donde se asienta todo nuestro movimiento dancístico en Sonora) y el Mtro. Jorge Ortíz (Maestro fundador de la Licenciatura en Actuación de nuestra Universidad).   Todos ellos dejaron con sus enseñanzas y su hacer una profunda huella en nuestro quehacer cultural.   Eran seres humanos con una misión clara, misión que cumplieron con hondo respeto y ética en cada uno de sus ámbitos.  
Seres sin iguales, pero que tienen algo en común con nosotros: eran imperfectos. Sí, se escucha como si fuera un defecto, pero no. Eran imperfectos en su pensar, hacer y sentir, pero lograron cosas. Los recordamos con profundo cariño porque sus enseñanzas están en nosotros. Pero también supimos de sus yerros humanos,  pero si ustedes se dan cuenta, no es eso lo que permea sino la lucha para superarlos.   No los idealizamos, simplemente los queremos como fueron, por lo que hicieron, por lo que nos dejaron.  ¿Tanto nos cuesta pensar que los seres tienen que ser perfectos para lograr cosas?  Pues no es así.   Lamento disentir de ese juego perverso en el que sólo las almas puras, excelsas y carentes de envidia, odio y vanidad, son capaces de hacer algo por los demás. No.   Lo bello es que a pesar de nuestros defectos, somos capaces de hacer algo bueno por otros.   No importa cómo nos recuerden,  lo que hicimos ya está inoculado en los seres que tocamos a través de nuestras palabras, nuestra educación, pero sobre todo, de nuestra hacer cotidiano. El ejemplo trasciende. 

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