Las historias
Las
historias que te vienen a la mente no tiene orden cronológico, no tienen
espacio ni sentido. A mí me ocurren cuando lavo, cuando barro y
trapeo, cuando lavo los trastes, incluso cuando me baño. Otras veces alucino
mientras manejo. No son complejas sino prolijas. Algunas son simples fantasías que no irán más
allá de mi cabeza, por más lindas y generosas que sean, como esas de que
alguien habla para dejarte una herencia o te sacaste el Melate y bueno, a estas
alturas de mi vida, ustedes saben que no necesito mucho para ser feliz: un café
con leche en la mañana, cualquier ropa que ponerme, cama donde descansar, una
computadora e internet, por supuesto, tampoco se crea que soy asceta ni anacoreta, ni pertenezco a las carmelitas descalzas. Si
no ¿Cómo escribiría estas tonterías y me enteraría de muchas otras que ustedes
cometen? El asunto es que, como venía
comentando, de repente en el alucine de ser una millonaria absolutamente
inmerecida, por obra y gracia de un Dios que seguro no tiene juicio por darme
eso, descubro que mi generosidad no tiene límites. Reparto a diestra y
siniestra mis bienes. Bueno, no tan a diestra, porque entonces vienen (porque
la mente es canija) una sarta de juicios éticos, o de selecciones basadas vayan
ustedes a saber en qué. Empiezo a sufrir como si ya tuviera ese dinero. No
quiero repartir las cantidades sin equidad y justicia. ¿Quién lo merece?, ¿Quién lo necesita?, a
quién voy a ayudar primero, a quién beco, en dónde pienso hacer un bien mayor....la
mente es loca y ya me estoy mortificando con eso, pero por suerte el trayecto
de mi casa a la escuela sólo dura 25 minutos –últimamente más, debido a que
ningún semáforo está sincronizado-, y entonces me estaciono y toda mi
mortificación termina. Ser millonario debe ser complicado, no creen?.
Pero hacer buen uso del dinero lo es aún más.
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