Ejercitar el lenguaje o el cerebro?

La disciplina de escribir a veces no tiene que ver con el tema en boga o el trabajo de encargo, sino con tomar la palabra por los cuernos y domarla -si esto es posble- , con volverla aliada y cómplice de tus pensamientos. Para lo anterior no valen tiempos ni buen humor, sólo la terquedad enjundiosa de quien ve un espacio en blanco y un teclado que incita a jugar con las letras. A desenmarañar las ideas del juego mental que habla a través de signos; de clarificar,  no necesariamente con juicios,  la nube emocional que llueve en nuestra cabeza.   Es sentarse en el aquí y ahora  y obligar a que inicie un juego del que no sabemos siempre el final, pero sí que el camino puede ser sinuoso, empinado o recto y plano... las letras se acomodan y explotan en sonidos inefables, bullangueros o melancólicos. Develan el caos interior y lo regalan a las almas receptoras. De esta manera nos conocen, nos comparten, nos habitan al menos en el instante de la lectura. Para escribir  hay que ser valiente; el texto te muestra tal como eres, aunque juegues a las escondidas.

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