El mar
Caminé
despacio, descalza en esa arena gris. Mis pies se hundían suavemente y hacían
el tránsito pesado y lento. Casi al
llegar a la orilla, antes que las olas me tocaran, decidí sentarme. La vista hacia el poniente. Una pequeña y árida isla al frente. No hay tiempo que valga, me dije. Necesitaba
con urgencia el mar. Su ruido constante y aletargador blanquecía mi
mente. Ayer fue tierra, hoy es
mar. Ayer fue rapidez y angustia, hoy el
tiempo es mío y serenamente veo a las gaviotas surcar el celeste. Las aves marinas con sus huellas
deleznables buscan alimento en esta playa. Sus pasos presurosos y aleatorios
son hipnóticos en ese espacio de
destellos multicolores. El sol casi se oculta. La marea golpea más fuerte. Yo espero que
cubra mis pies. Esa masa rojiza al
final del horizonte está a punto de retirarse.
Yo también. Escapé por unos instantes, sin buscar algo específico. Quizá
me busco a mí en esa inmensidad de verde azul
que mis ojos no alcanzan a cubrir.
Quizá
estoy aquí para recordar mi finitud y mi pequeñez. Quizá el mar es un terapeuta eficaz y
gratuito; un pacificador anímico sin título y sin otro entrenamiento que los
millones de años batiendo sus olas contra la playa que resiste pero
sucumbe. Me voy por donde vine. Con el ánimo contrario a la exaltación. Con la certeza de alguna solución inesperada,
pues no vale la enjundia del coraje, no vale el esfuerzo en la venganza. Vale
escuchar, vale entender. Dialogar como el mar, que a cada una de mis
preguntas me devuelve una espuma blanca que desaparece al tocar la orilla. Aprender del instante que cambia de colores
la vida. Regreso sobre mis pasos. El mar me espera.
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