Ravel, Adagio Assai.
Aquí, sentada, escuchando a los franceses. Ravel, que con el Adagio Assai de su concierto para piano en Sol M, me impide concentrarme. Quiero leer, pero él es persuasivo. Las notas pausadas y firmes de esa melodía en tres por cuatro no me dejan en paz; se balancea por mi cabeza y cuando menos pienso, llega hasta la raíz de mis sentidos. Dejo que todo mi cuerpo se deje atrapar por la melodía de la flauta, que responde, al igual que el fagot; que el corno inglés me tome de la mano mientras hace el amor con el piano, en un ritmo suave pero con una energía en pleno ascenso, hasta que no exista otra cosa que el cielo. Hasta que cierre mis ojos, porque los objetos me molestan, porque no quiero que nada me perturbe. Quiero que los instrumentos sean como el mar, con su oleaje sereno y constante. El piano se vuelve una casacada sonora que los instrumentos quieren recorrer con su armonía. Hay misterio, hay lucha, hay sorpresa . El piano no puede resistirse más, se rinde ante el amor de los alientos. Termina en éxtasis y descansa en la armonía profunda de su creador.
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