viernes


No es mala la soledad cuando se está acompañado, dijo, mientras caminaba tranquilamente a su casa.   Las lluvias inusuales de estos días  ponían en claro que la humedad no era algo placentero ni deseado.  Toda la semana esas gotas furiosas que atacaban cuando menos lo esperaba.   Toda la semana ese camino anegado e irregular que el municipio no tenía intenciones de reparar.  Toda la semana cambiando la ruta para evitar los hoyancos, aunque siempre caía en otros.  Toda la semana levantando a esa señora delgada, de vestir formal, lentes y jiricua, que acercaba a la parada más próxima del camión citadino, ahorrándole unos pesos. Que si la hija y los nietos entraban más temprano, que si la jefa era vegetariana y se curaba con un doctor naturista, que si el muerto que se llevó el arroyo y la jubilación por llegar.    Toda la semana escuchando historias ajenas sin poder desprenderse de la propia.  Toda la semana erosionando el amor propio para converger en un punto y volverse humano y sensible.   Misiones imposibles de cada día y hora. Pero hoy era viernes.  La semana termina o inicia, según se vea.  La posibilidad de volver a construirse al menos por un día, para  después, como todos los días, como siempre, minar nuevamente los sueños, que como el ave fénix resurgen sin tener buen fin.
Un fin de semana para las labores onerosas de la limpieza, para las labores felices de la rutina. Para la música y la lectura.  No es mala la soledad cuando se está acompañado, dicen por ahí.


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