Historias Mínimas.

 En estos tiempos del confinamiento obligado, quisiera decir que he realizado muchas cosas, pero no es verdad. Tengo una rutina diaria, sí, es cierto, pero está muy alejada de la creatividad. La Rutina es sólo para mantenerme ocupada.  Para sentir que en mi agenda  las horas no están vacías. Para no sentirme vacía yo misma.  El tiempo ha cambiado su sentido.  Temo acostumbrarme, lo tengo qué decir. Temo que este encierro me guste demasiado.  A lo sumo extraño ver a algunas personas,  tomar algún café o un vino con ellos.   El insomnio no es nada nuevo, ya estaba ahí.  Y cosa curiosa, a pesar de dormir tarde, sigo levantándome temprano, es decir, entres las 6:30 y 7:30 a.m.  Para alguien que en ocasiones termina conciliando el sueño a las 3 ó 4 de la mañana, es temprano.
En las noches siempre me ocurren ideas fantásticas que olvido en cuanto me levanto.  Aún así, dije que, después de más de 40 días encerrada, bien podría, además de leer, calificar, tomar fotos y ver el facebook, escribir algo.    Siempre lo intento y termino con retazos que ni el doctor Frankestein podría unir.    No soy de historias largas, lo saben, pero pensé que sí podría trabajar un poco historias breves, basadas en personajes reales pero ficticios a la vez. Así que me estoy obligando a escribir al menos una página diaria, de un historia mínima.    No hay unión entre ellas.  Cada página es redonda y quizá sin final.   Lo único interesante de la escritura es que obliga al pensamiento y el pensamiento obliga al orden, o a un desorden bien planificado.

Aquí la primera.

Historia Mínima 1.

Odio las mañanas.  Toda está tan frío.  La gente empieza con su ir y venir a una velocidad arrogante. Me miran como al descuido, mejor dicho no me ponen atención.  No tendrían por qué, de todas formas.  A veces los molesto, soy consciente, pero no tengo opciones.  Parecen olvidar que hay acciones que no son impulsadas por el “querer”, sino por el “no poder”.  Me incorporo sin prisa. Creo que ya es demasiado tarde. La tienda está por abrir sus puertas. Con parsimonia que desespera al dueño, me siento, acomodo mi cabello desmañado y sucio.  Viajo ligero , demasiado, pero odio las mañanas.   Cada mañana es un cambio de sitio; cada mañana soy un caracol que lentamente lleva su casa a cuestas.  No soy tan culto, pero Tennessee Williams tenía
razón, aunque yo no sea Blanche,  últimamente dependo de la bondad de los extraños.  Extraños que no lo son, porque los conozco, los ubico cada mañana en su constante andar: la maestra que apurada toma el Bus, el joven que trabaja en una tienda de telas y pasa a tomar un café con un sándwich antes de empezar su jornada, los que acarrean su mercancía para la venta de banqueta. Los conozco a todos, aunque no me miren o aunque lo hagan con lástima. 
Tomo mi hogar a cuestas y sigo la vida itinerante a la que no sé cómo llegué.   Mi memoria se hundió en un marasmo del que salgo esporádicamente, y cuando logro hacerlo, la realidad me aturde y me sumerjo nuevamente en mi mundo.   
Odio las mañanas porque anuncian el viaje que ya me cansa.  Prefiero la noche. La soledad de cualquier espacio, el nicho de alguna esquina.
Mañana será otro día.



Comentarios

Entradas populares de este blog

La muerte no tiene fin

Porque la verdad está hecha de muchos pedacitos..

Cada vez todo se complica más