La mínima de hoy

Tener un espacio no es poca cosa.  Tener qué comer y dónde dormir, ya es por supuesto un lujo innegable.   De la ropa ni para qué mencionar. Uno se pone lo que hay, sin fijarse en modas pasajeras.
Salir con un paradigma distinto de convivencia  es el reto de nuestra adaptación.   Es un cambio obligado. ¿Queremos cambiar realmente?.  A veces no soy capaz de ni de alzar la cocina o tender la cama, ¿Cómo puedo acometer empresas mayores?. Lo trataré, como siempre.  El empuje primero tiene sus ventajas.  Si después todo se derrumba, no será por mi culpa, sino por mi inconstancia.

Aquí va la segunda historia mínima.


Descendí apurada del camión. Me levanté un poco tarde este día. El pelo desmañado y los ánimos en el suelo. Hay días así.  Acostumbro tener una teoría al respecto.  Claro, teoría es un decir, digamos que son algo así como manías en las que uno cree, sin comprobación, pero a veces me funcionan.   Pues bien, tengo la “teoría” de que si al despertar y alistarme para salir, pasa algún pequeño percance como tirar una taza, darse un golpe, derramar comida en la blusa, etc., entonces quiere decir que en ese día no se pueden realizar cosas importantes. Es por demás, simplemente no funcionarán.  Es mejor relajarse y no hacer transacciones de valor. No van a resultar. Será inútil ir al banco, porque habrá cola, se caerá el sistema, faltará algún documento, o sea, no. ¿Hacer un trámite?, menos aún. Aseguro que perderé el tiempo, me faltará algún documento y saldré de mal humor.    Mejor hacer lo menos posible para esperar que el día pase.  Que la curva de la buena suerte nos favorezca de nuevo.  Ante ese corpus que sabiduría práctica, llego a mi trabajo. Por supuesto, olvidé la llave de la oficina, así que espero al intendente para que la abra. ¿No lo dije?.  No me molesto, yo ya sabía que esto podía pasar. Es el día F, o sea de la fatalidad.   Lo único que uno espera es salir bien librado de él.  Con el menor daño posible.  Me siento en mi oficina, enciendo la computadora y empiezo mis llamadas.  No espero mucho, pero hay que trabajar.  De seguro algún cliente furibundo me recordará a mi progenitora, y yo, con sumo tacto y mucha paciencia, le daré la razón de manera parcial, intentando que su ánimo se calme.  Uno aprende con el tiempo que las personas enojadas no quieren soluciones,  sólo quieren gritar y descargar su rabia con el primero que se les presente.    El día transcurrió lento.  Nuestro jefe llegó de mal humor, a lo mejor también el padeció mi teoría de las curvas del bien y el mal. 
Al final de la jornada, guardé cuidadosamente mis cosas, archivé mis papeles, desconecté la computadora.  Lo hice despacio, como para revertir el inicio negativo del día.  Salí, antes que el último compañero, ya que yo no tenía llaves.  Respiré profundamente, volteé al cielo  y se veía nublado. Una tormenta se avecinaba. Corrí a la parada. Justo en ese momento llegó el Bus.  Subí rápidamente. Había un asiento desocupado. Me senté.   Empezó la lluvia. Supe que el mal día se había ido.  Inhalé y con un una sonrisa amplia, expulsé el aire con fuerza.




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