Otra mínima
como mi cerebro es demasiado fugaz, no puedo sino escribir de manera fragmentaria. Seres concentrados, discúlpenme. Va la Historia mínima del día:
Tengo demasiada fantasía y poca realidad. No creo que sea una virtud, pero tampoco un defecto. La balanza en estos casos debería contar, pero a todos luces parece no tener efecto en mi relación con los demás. Hago lo de siempre, me levanto por el lado izquierdo, estiro mis manos y pies, orino, me enjuago, y ya en ese ínterin he realizado algunos viajes. En un lapso de 10 minutos entre el levantarse y ponerse la vestimenta, estuve en Berlín, pensé en los amigos ausentes, soñé que un carro solar estaba estacionado en mi cochera; suspiré por un amor inexistente, y lloré por algo perdido sin siquiera saber qué era.
Este caos no tiene ningún sentido, pero quizá sea la mejor manera para salvaguardarme del exterior. En dado caso, puedo desconectarme de las insulsas noticias de la radio; puedo escaparme mientras veo a los ojos a mi jefe que obstinadamente suelta una retahíla de deberes pasados, presentes y futuros que están ahí, justamente encima de mi escritorio.
En algún momento debo conectarme. Los vestigios de esos viajes revolotean en mi cerebro y luego se fugan, así sin más. ¿Cuánto dura mi amarre a lo terrenal? Poco, sí, muy poco. Hablo de minutos, cuando mucho si tengo suerte, una hora. Me digo, a mí mismo que debo ser funcional, debo fingir y actuar como si estuviera aquí. Claro que no siempre me hago caso. Esto es las más de las veces.
Hoy por ejemplo, un cliente me explicaba un problema que había tenido en su casa y se notaba molesto con la constructora con la cual trabajo. Empezó a decir que todos eran unos incompetentes, que nunca había garantías en lo que se compraba, que la empresa debía responder por los daños y la mala edificación, y así, una lista larga de desperfectos cuya responsabilidad, si se dan cuenta, no necesariamente reposa bajo mis hombros. ¿Qué puedo hacer? Sólo escucharlo. Es lo que la gente quiere, que la escuchen. Eso hice, y mi técnica es impecable : me siento cómodamente con los brazos recargados en el escritorio, mi vista fija en su rostro, mientras que el mío se carga de una sutil empatía positiva ante su invectiva. Él sabe que lo escucho con atención. Después de unos minutos, decido que el tipo es aburrido e insoportable, así que tomé a la imaginación de la mano y me marché de ahí.
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