La Banalidad.

En algún lugar de nuestro organismo está sentadita y disfrutando Doña Banalidad.    Entró como un virus y pasó desapercibida pues sus daños no son claros.  Está ahí sin que la detectemos porque como dicen,  mal de muchos, consuelo de tontos.    Llegó para quedarse y el antídoto es complicado y la posología, uuuuuy, eso es aún más difícil, ya que requiere disciplina y constancia.  Virtudes opuestas, por supuesto a este virus.
Ahí está, aprovechando que podemos hablar y escribir; que juzgamos sin profundizar; que es facilísimo hablar de alguien que no conocemos porque alguna vez  lo escuchamos  a través de otro; porque -si es personaje famoso-, leímos el resumen de su vida o la interpretación que otros hacen de su persona. Una cultura basada en resúmenes ajenos sin jamás ir a las fuentes parece ser el efecto de este virus banal.   Desconozco si a largo plazo tendrá consecuencias funestas o sólo serán banalidades sociales.   Ya inserto el virus en nuestro ser y ya con una distribución mayor al noventa por ciento,  lo más probable es que forme parte de nuestra cotidianidad sin recibir la menor atención. Será algo endémico en nuestra sociedad.
La Educación, antídoto posible, no parece distribuirse con eficacia en la población, es más, creo que en muchos casos ha caducado, por lo que su efecto tendrá nulos resultados.
Sigamos siendo sabios, conocedores de la pequeñez vuelta grandeza,  jueces severos sin juicio profundo.  Que las redes sociales nos hagan ver inteligentes y soberanos en un mundo fragmentado y fugaz.

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