La parentela. Esos personajes que habitaron nuestra infancia ya sea de manera permanente o en ocasiones fugaz. Aquellos que cada cierto tiempo encontrábamos en las fiestas familiares. A los que nuestras madres nos obligaban a saludar de beso y de los que teníamos que soportar el aroma a viejo, algún jalón de pelo simulando una caricia o una barba mal cuidada restregada en nuestra mejilla. Cada uno con una historia a cuestas que a la niñez poco importa. Hoy, que es mi turno de ser esa pariente vieja, a la que tal vez no quieran saludar, porque claro, ahora yo soy la que huelo a rancio, me doy cuenta que cada personaje tenía una historia ligada a nuestra familia. En cada uno de ellos había tragedias o anécdotas chuscas. En una región tan pequeña, los matrimonios entre primos segundos o incluso primos en primer grado, no era descabellada ni mal vista. Hay un tejido que nos une que se hizo muchos nacimientos y matrimonios. Los niños que fallecieron prematuramente; aquella a la que no dejaron casar con el amor de su vida y terminó siendo abandonada con todo y vestido por otro novio; la que se atrevió a tener un hijo sin estar casada, terrible sino para una mujer del primer cuarto del siglo XX; las que adoptaron, cuidaron y quisieron a hijos que no eran suyos. Las que se aferraron a su amor y prefirieron casarse en la sacristía, así sin gran fiesta ni alharaca. Los que defendieron sus preferencias sexuales y prefirieron migrar, o seguir con la farsa y casarse, a los que el alcohol acompañó mucho tiempo. Todo eso puede ser visible, pero ¿y la tristeza interior?, ¿y la infelicidad?, ¿la zozobra?; ¿la certeza de haberse equivocado y tener qué continuar con la vida elegida?. La parentela.
La muerte no tiene fin
Hemos tenido un mes lleno de muertes. Pero la muerte no cesa, no tiene fin, sólo que cuando se nos repecha un poco, la sentimos mucho más. Muertes anunciadas. muertes violentas y muertes sorpresivas. Todo es muerte. En ese toparnos con la muerte, o queda más que pensar en la vida; en la vida de los que se fueron. No queda más que hacer un recuento cronológico de nuestro recuerdo sobre ellos. Porque eso sí, cada uno ve al muerto desde su perspectiva. Cada uno lo tiene guardado en anécdotas particulares. Entonces es cuando uno se da cuenta de lo diferentes que podemos ser los seres humanos en el trato personal con cada uno de los que suceden en nuestras vidas. Podemos ser distintos con amigos, enemigos, maestros, alumnos, padres, hermanos, etc. A cada uno de ellos le damos parte de nuestro ser, y esa parte no es exactamente igual. ¿En consiste eso? Es un tanto misterioso, pero de seguro los sicólogos aventurarán una explicación plausible. Lo cierto es que...

Comentarios
Publicar un comentario